Según la RAE, entendemos como eficiencia la capacidad de disponer de alguien o de algo para conseguir un efecto determinado; y entendemos como eficacia la capacidad de lograr el efecto que se desea o se espera.
Partiendo de estas definiciones, es destacable que las organizaciones desean maximizar su cuenta de resultados o, en su defecto, alcanzar una cifra concreta en su cuenta de explotación.
Para ello, habitualmente se actúa en reducción de costes, incremento de márgenes…; pero ¿mejoran estas actuaciones la eficiencia de la empresa, es decir, su capacidad? Evidentemente, la respuesta es “no siempre”.
Sin embargo la definición, desarrollo y/o mejora de los procesos organizativos es un ámbito de actuación con un claro impacto en la eficiencia empresarial. He aquí un claro foco donde ha de trabajar la compañía.
Toda empresa busca participar de procesos de mejora continua, y para ello ha de ser consciente de que su mapa de procesos, valga la redundancia, ha de estar en mente de todas las personas que la componen, por lo que no sólo su definición sino igualmente su puesta en marcha y control habrá de ser monitorizado para comprobar los resultados alcanzados, analizar las desviaciones y establecer medidas correctoras que los mejores y los hagan más eficientes.
Así, el incremento de la competitividad del tejido empresarial no pasa de forma exclusiva por actuar de forma eficaz; el resultado alcanzado habrá de ser logrado con buenos niveles de eficiencia, y ésta se consigue en una parte importante trabajando en la definición e implementación de los procesos de la empresa.
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Eduardo Céspedes





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